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A las 8 de la tarde del 10 de diciembre celebramos un año más en la Facultad de Derecho junto al Colegio de abogados la lectura de la Declaración Universidad de los Derechos Humanos. El documento adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948 ha de ser recordado cada día, por los notorios incumplimientos y la necesidad constante de advertir la importancia de considerar a todas las personas (véase la excelente obra de Steven Spielberg “El puente de los espías”).

 

Muchos jóvenes disfrutaban de la libertad de la Democracia esa madrugada, derecho protegido por la Constitución española de 1978, cuya aprobación conmemoramos al día siguiente, el 11 de diciembre a las 12 de la mañana. Si la víspera habíamos leído los treinta derechos de la DUDH, el viernes tras la “Nochevieja” escuchamos a David Ortega, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Rey Juan Carlos I, de Madrid, exponiendo luces y sombras de la Norma Fundamental.

 

Afortunadamente para todos, en España hay reglas (de nuevo la referencia fílmica de la obra de Spielberg), aunque “Nadie sensato puede negar que el vehículo de 1978 necesita una inspección técnica a fondo” (Prof. Dr. José Luis Cascajo, nuestro Maestro en la disciplina), derechos y libertades son frutos de una transición pacífica y exitosa. Por eso, “…el mundo académico propone seguir estudiando la Constitución…No cabe desfallecimiento ni ruptura alguna” (otra vez el Profesor Cascajo).

 

Aceptar y normalizar su reforma, en la línea de todas las de los países democráticos desarrollados, no supone negar la contribución decisiva a la convivencia de un texto aún vigente en gran parte de sus contenidos. Proponer la adaptación del modelo territorial, reconociendo nuevas necesidades, tampoco comporta admitir que un poder constituido pretenda convertirse contra la voluntad de la mayoría en poder constituyente (brillante análisis del Prof. Dr. David Ortega).

 

La Universidad, noche y día con los derechos. También con las libertades, consciente de su estrecha interdependencia. Si no respetáramos la alteridad, la dignidad de cada persona, no tendríamos Constitución. Pensamos cosas distintas sobre muchos temas; todos podemos opinar con libertad. Somos libres de elegir, de votar, de estar en la plaza o en una conferencia. Todo ello gracias a las reglas que compartimos, derechos que todavía es oportuno, imprescindible reivindicar.

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